
Publicado en Revista de Occidente nº 151, Diciembre 1993
Apenas algunas impresiones, unos cuantos apuntes apresurados, es lo que nos permite recoger nuestra breve existencia sobre aquel enigmático fenómeno que llamamos música.
A primera vista, una apariencia simple de comunicación entre aquellos que pueden penetrar sus mensajes sensitivos, pero como todo aquello que alberga la esencia, sus terminales se entremezclan con nuestras propias percepciones formando un tegumento complejo, indescifrable a veces.
Los hombres, a través de este paradójico lenguaje, intentan comunicar cualquier intrincada visión subjetiva. Este designio lleva implícito un inusual compromiso, el de manifestar, inconscientemente muchas veces, una diáfana metáfora de sí mismos.
La música esconde siempre tras de sí el trazo del músico. Desde el primer momento esta actividad ha constituido una forma alternativa de expresión. Al moldear este lenguaje vamos, de alguna forma, conformando nuestro entorno y conformándonos a nosotros mismos.
Pero emana en esta época de la civilización occidental una fuerte propensión hacia el egocentrismo en todas las áreas de la actividad humana.
No es ya ese delicado e imperioso individualismo que caracteriza la formación de la personalidad, sino un alarmante narcisismo que procede del abuso incesante de la traída y llevada "filosofía del éxito" que todo lo impregna y a todos nos alcanza de una u otra manera.
La música es, sin duda, una de las actividades más influenciadas por este fenómeno.
Las creaciones musicales son, tradicionalmente, de marcado carácter individualista, hasta tal punto que, como la pintura o la escultura, se puede definir la música "culta" en nuestro entorno como "arte de autor", capaz de generar un mercado de "marcas" o "firmas" en el que todos compiten entre sí para obtener, a cualquier precio muchas veces, ese dudoso favor que concede el reconocimiento del éxito.
Hoy en día la visión reflexiva de aquellos que se esconden tras sus propios discursos premeditados intentando sorprendernos, contrasta con aquella que se muestra espontáneamente, aportando su discurso para la confección de un lenguaje múltiple e interpersonal que permite el desarrollo de la creación colectiva.
La tendencia que tuvo su origen en la improvisación colectiva, pretende encaminar sus afanes hacia la música de participación, en la cual el fenómeno creativo no proviene del compositor, sino que toma su forma del confluir de varios lenguajes, cobrando sentido simplemente, en primera instancia, por la mera simbiosis de los mismos.
El intérprete queda en la improvisación desnudo ante los ojos de los demás, y desde esa desnudez inocultable e indeliberada, comunica sin tapujos un concepto intuitivo y fugaz de la belleza.
Debemos atender a otras culturas cuyo mensaje, aunque menos arrogante, refleja muchas veces conocimientos más desarrollados que los nuestros en diversas materias.
Hacer música de improvisación colectiva requiere un aprendizaje contínuo para tomar parte en los diálogos estéticos propuestos por sus participantes, renovar y aumentar el vocabulario, sentir y experimentar las relaciones entre el sonido y el silencio…, pero también el improvisador tiene que engarzar, dentro de su propio discurso, el discurso de los demás, y aunar los esfuerzos para crear una forma conjunta.
Adecuada para una época en la que los hombres viven dándose la espalda afanados, cada uno de ellos, en dudosas tareas especulativas, compitiendo e ignorándose.
Existe además una ligazón entre esta música y la percepción de los fenómenos naturales inherentes al evento acústico. Nada sucede tal y como nosotros lo pensamos, sino más bien como todas las fuerzas con capacidad para manifestarse lo construyen, y nosotros somos simplemente una de ellas.
En la música de participación, el "creador" no se encuentra sentado frente al tablero de mandos forcejeando con todos los parámetros controlables y dejando fuera aquellos que no se le someten.
El improvisador se encuentra en medio de todo aquello que constituye la manifestación acústica y participa de ello.
El hombre de este siglo y el venidero debe participar para reprender, una vez que ha demostrado sobradamente su autosuficiencia.
El recientemente fallecido Severo Sarduy nos daba una pista en uno de sus aforismos:
"Marcel Duchamp, John Cage, Octavio Paz: se trata de imitar a la naturaleza. Pero por supuesto, no en su apariencia -proyecto del realismo ingenuo- sino en su funcionamiento: utilizar el caos, convocar el azar, insistir en lo imperceptible, privilegiar lo inacabado. Alternar lo fuerte, continuo y viril con lo interrumpido y femenino. Teatralizar la unidad de todos los fenómenos.
Olvidar el resto, pero no hay resto."


